Por: Alejandro Torres – Periodista

Hay noticias que a uno no le entran por los diarios, sino por el cuerpo. El otro día leía en las placas de la televisión que el Gobierno nacional vuelve a ofrecer programas de retiros voluntarios en el Estado, y que desde el gremio ATE salieron a responder, con los tapones de punta, que en realidad se trata de «despidos extorsivos». Los analistas discuten tecnicismos en los estudios de televisión, los dirigentes firman comunicados duros y los Graphs titulares explican porcentajes y cuotas. Pero yo, mientras miraba la pantalla con el mate frío entre las manos, no podía dejar de pensar en la rana.

Existe una fábula famosa —y bastante cruel— que dice que si metés a una rana en una olla con agua hirviendo, el animal salta inmediatamente para salvarse. Pero si la ponés en agua fría y vas prendiendo el fuego muy despacio, casi sin que se note, la rana se empieza a acomodar. Siente que el agua está tibia, después agradable, después un poco más caliente, pero como el cambio es progresivo, se va adaptando. Se aclimata. Y cuando el agua finalmente rompe en hervor, la rana ya no tiene fuerzas ni reflejos para saltar. Se queda ahí, cocinándose en su propia costumbre.

A mí no me lo contó ningún dirigente ni lo leí en un manual de economía. A mí me pasó.

Me acuerdo perfectamente del día en que el agua empezó a entibiarse. Fue un martes cualquiera, en una oficina donde las paredes tenían ese color gris gastado que solo logran los edificios públicos o los juzgados antiguos. Mi compañero de escritorio, el Gordo Mario, me miró por arriba de sus anteojos de lectura mientras revolvía su café con una cucharita de plástico.

—Che —me dijo, en voz baja, como si el cielorraso tuviera micrófonos—, ¿escuchaste lo del plan de retiro? Te dan unos cuántos sueldos juntos, te vas tranquilo a tu casa y te ponés algo propio. Un kiosquito, un paddle, qué sé yo.

En ese momento el agua estaba apenas fresca. Uno piensa: «A mí no me va a pasar, yo trabajo bien, acá me conocen todos». Pero pasaban las semanas y el ambiente se iba enrareciendo. El trabajo empezaba a mermar, o las tareas cambiaban de nombre, o te llegaban rumores por el pasillo a la hora del almuerzo. El fuego ya estaba encendido, pero era tan lento que nadie saltaba. Al contrario, nos íbamos aclimatando. Nos acostumbrábamos al rumor, a la incertidumbre, a esa sensación viscosa de que estabas ocupando un lugar que alguien, en alguna oficina del piso alto, ya había tachado con un resaltador rojo.

Un día te cruzás a Mario en el pasillo y ya no habla del café ni del partido del domingo. Te habla de las cuotas, de lo que le darían si acepta, de lo difícil que está todo afuera. La conversación deja de ser «qué barbaridad lo que quieren hacer» y pasa a ser, casi sin darnos cuenta, «capaz no es tan mala idea agarrar la plata antes de que sea tarde». El agua ya estaba tibia, tirando a caliente, pero nosotros seguíamos flotando adentro.

La magia negra del retiro voluntario no es la violencia física; es la lentitud del proceso. Es cómo te va desgastando la dignidad sin hacer ruido. Te hace sentir que la decisión la estás tomando vos, de manera libre, inteligente y madura, cuando en realidad sos una rana que ya perdió la noción de dónde termina su piel y dónde empieza la olla.

Hasta que llega el día del hervor.

Te sentás frente a una mesa de madera formica. Hay una carpeta sobre la mesa con unos formularios de color azul. Del otro lado hay un tipo de Recursos Humanos —un muchacho joven, con camisa bien planchada y un reloj vistoso— que te habla con una amabilidad aséptica, casi médica. Te muestra los números, los meses de indemnización, la letra chica.

Y ahí ocurre lo verdaderamente triste, lo que todavía hoy me oprime el pecho cuando me acuerdo. No hay gritos. No hay portazos. No hay un salto heroico fuera de la olla.

Agarrás la lapicera. Firmás en el renglón punteado. Y cuando le devolvés el papel al muchacho de la camisa planchada, no solo no le protestás, sino que le decís:

—Bueno… muchas gracias por todo. Y disculpá la molestia, ¿eh?

Le pedís disculpas. Le pedís perdón al sistema que te acaba de hervir despacito, le pedís perdón al tipo que te acaba de archivar la vida en una caja de cartón, le das la mano y le deseás «buena semana». Sales a la calle con la indemnización en la cuenta y el corazón hecho un bollo de papel prensa, convencido de que tuviste suerte, mientras por dentro te das cuenta de que te fuiste quedando en el agua hasta que no quedó nada de vos.

Por eso, cuando hoy veo en las noticias que discuten si el plan de retiros es una oportunidad de modernización o un «despido extorsivo», no puedo evitar pensar en todos los que hoy están sintiendo el agua tibia en las piernas. Y me dan ganas de gritarles, con toda la fuerza que me queda en la garganta: ¡Salten! Salten ahora que todavía están a tiempo, o al menos no le pidan disculpas a la olla.